PEQUEÑAS COMUNIDADES

En Custodia Cordis, desde el profundo conocimiento de la herida experimentada por tantas personas y familias que nos acompañan, estamos contemplando la Grandeza de Dios, al “Unir” muchos corazones desgarrados, de hombres, mujeres, niños, padres, abuelos, tíos, amigos, y sacerdotes, religiosas, religiosos y muchos profesionales laicos relacionados con el mundo afectivo desde sus diversas disciplinas, en torno a una inmensa Comunión de unos con otros.

Hablemos de Comunidad

Llevamos caminando juntos hace ya años y por eso, hemos vivido distintas experiencias que poco a poco, iremos descubriendo. Y queremos compartir con todos, la belleza de sentirnos una gran Familia que acoge a muchas familias distintas, de diferentes Carismas de la Iglesia o de personas que no conocían la realidad de la Iglesia y están sintiéndose muy atraídas ante los Tesoros Escondidos y los Secretos muy guardados que Dios nos regala por medio de su Hijo y de su Iglesia.

En este escrito, vamos a presentar la belleza de esta Palabra: COMUNIDAD. Y para ello, partimos de la Audiencia General, (miércoles 30 de enero de 2008), donde el papa Benedicto XVI, daba una catequesis sobre «San Agustín: Armonía entre Fe y Razón». Este Santo, fue un gran conocedor del corazón humano y de todo lo que lleva implícita la afectividad. Antes de su conversión, tuvo una vida muy díscola y un gran afán de saber que le llevaba a una soberbia escondida o quizás a un “narcisismo” encubierto. Sin embargo, la oración silenciosa de su Madre Santa Mónica durante años y años, las lagrimas derramadas por la misma, consiguieron de Dios el gran Milagro de una conversión muy profunda en uno de los hombres que marcarían la historia de la Iglesia.

¿Por qué, hacemos esta alusión al Papa y a San Agustín? Porque antes de entablar una verdadera comunión con los demás, hemos de partir de nuestra verdad más antropológica. Y San Agustín nos acerca a la misma.

Os invitamos a leer los siguientes párrafos con mucha calma y atención. No son difíciles de entender y a la vez, sí son muy esclarecedores sobre la esencia de cada uno de nuestros corazones.

Audiencia General antes alegada de Benedicto XVI

(Miércoles 30 de enero de 2008)

[…] San Agustín experimentó con extraordinaria intensidad esta cercanía de Dios al hombre. La presencia de Dios en el hombre es profunda y al mismo tiempo misteriosa, pero puede reconocerse y descubrirse en la propia intimidad: no hay que salir fuera —afirma el convertido—; “vuelve a ti mismo. LA VERDAD HABITA EN LO MÁS ÍNTIMO DEL HOMBRE. Y si encuentras que tu naturaleza es mudable, trasciéndete a ti mismo. Pero, al hacerlo, recuerda que trasciendes un alma que razona. ASÍ PUES, DIRÍGETE ADONDE SE ENCIENDE LA LUZ MISMA DE LA RAZÓN” (De vera religione, 39, 72). Con una afirmación famosísima del inicio de las CONFESIONES, autobiografía espiritual escrita en alabanza de Dios, él mismo subraya: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti» (I, 1, 1).

La lejanía de Dios equivale, por tanto, a la lejanía de sí mismos. “Porque tú —reconoce San Agustín (Confesiones, III, 6, 11) — «estabas más dentro de mí que lo más íntimo de mí, y más alto que lo supremo de mi ser» (interior intimo meo et superior summo meo), hasta el punto de que, como añade en otro pasaje recordando el tiempo precedente a su conversión, «tú estabas, ciertamente, delante de mí, más yo me había alejado también de mí, y no acertaba a hallarme, ¡Cuánto menos a ti!» (Confesiones, V, 2, 2).

Precisamente porque San Agustín vivió a fondo este itinerario intelectual y espiritual, supo presentarlo en sus obras con tanta claridad, profundidad y sabiduría, reconociendo en otros dos famosos pasajes de las Confesiones (IV, 4, 9 y 14, 22) que el hombre es “UN GRAN ENIGMA” (magna quaestio) y “UN GRAN ABISMO” (grande profundum). Enigma y abismo que sólo Cristo ilumina y colma. Esto es importante:  quien está lejos de Dios también está lejos de sí mismo, alienado de sí mismo, Y SÓLO PUEDE ENCONTRARSE A SÍ MISMO SI SE ENCUENTRA CON DIOS. De este modo logra llegar a sí mismo, a su verdadero yo, a su verdadera identidad”. […]

Y ESTE ENCUENTRO CON UNO MISMO, ES DIARIO. Implica un hermoso itinerario con una ruta muy atractiva por delante. Este conocimiento personal, nos permite salir al otro de una manera libre y no dependiente. Y TRANSITANDO esta bellísima libertad interior, aprendemos a caminar desde la COMUNICACIÓN QUE CONECTA CORAZONES, que nos ayuda a generar una verdadera empatía interior y exterior, porque a la vez, descubrimos esa armonía y paz con nosotros mismos. En Custodia Cordis cabemos todos. No solo los que actualmente estamos viviendo un proceso de fe, SINO TODOS los que, desde la realidad del ser humano, han podido tocar la herida en sus familias rotas o relaciones conflictivas y necesitan el acogimiento, escucha y comprensión de una realidad que es mayoritaria en la sociedad contemporánea, donde la desestructura familiar y personal está a la orden del día.

POR FIN LLEGAMOS A LA ESENCIA EN PLENO SIGLO XXI Y EN PLENA PANDEMIA DE LA COVID, DE LO QUE IMPLICA HOY EN DÍA SENTIRSE UNA VERDADERA COMUNIDAD EN LA IGLESIA. De nuevo retornamos a Benedicto XVI y en este caso cuando aún no era Papa, y se le llamaba, padre Joseph Ratzinger. En una entrevista en la radio, en el año 1.969, tuvo una PREMONICIÓN O PROFECÍA de lo que pasaría justo años después y años, donde ya estamos metidos.  Vamos a transcribir los párrafos que nos llevan el término COMUNIDAD. Por otro lado, no podemos olvidar que no todo se ha cumplido ya que el número de miembros de la Iglesia en aquel entonces estaba en unos 650 millones de fieles y ahora somos c. 1.200 millones. Sin embargo, es cierto que hemos de cuestionaros la Fe y el verdadero compromiso que cada uno tenemos y, por otro lado, sí ha descendido el número de sacerdotes desde 1.969 hasta la actualidad.

“Y de esta forma, en 1969, se encontraba el sacerdote Joseph Ratzinger en una radio alemana respondiendo con sus reflexiones”.
Aquí están sus comentarios finales:

«La generosidad que libera a las personas se alcanza sólo en la paciencia de las pequeñas renuncias cotidianas a uno mismo». En esta pasión cotidiana, la única que permite al ser humano experimentar de cuántas formas diferentes, lo ata su propio yo, en esta pasión cotidiana y sólo en ella, se abre el ser humano poco a poco. Él solamente ve en la medida en que ha vivido y sufrido. Si hoy apenas podemos percibir aún a Dios, se debe a que nos resulta muy fácil evitarnos a nosotros mismos y huir de la profundidad de nuestra existencia, anestesiados por cualquier comodidad. Así, lo más profundo en nosotros sigue sin ser explorado. ¡SI ES VERDAD QUE SÓLO SE VE BIEN CON EL CORAZÓN!, ¡qué ciegos estamos todos!

Demos un paso más. También en esta ocasión, de la crisis de hoy surgirá mañana una Iglesia que habrá perdido mucho. Se hará pequeña, tendrá que empezar todo desde el principio. Ya no podrá llenar muchos de los edificios construidos en una coyuntura más favorable. Perderá adeptos, y con ellos muchos de sus privilegios en la sociedad. Se presentará, de un modo mucho más intenso que hasta ahora, como la comunidad de la libre voluntad, a la que sólo se puede acceder a través de una decisión. COMO PEQUEÑA COMUNIDAD, reclamará con mucha más fuerza la iniciativa de cada uno de sus miembros.

PERO TRAS LA PRUEBA de estas divisiones surgirá, de una Iglesia interiorizada y simplificada, una gran fuerza, porque los seres humanos serán indeciblemente solitarios en un mundo plenamente planificado. Experimentarán, cuando Dios haya desaparecido totalmente para ellos, su absoluta y horrible pobreza. Y ENTONCES DESCUBRIRÁN LA PEQUEÑA COMUNIDAD DE LOS CREYENTES COMO ALGO TOTALMENTE NUEVO. Como una esperanza importante para ellos, como una respuesta que siempre han buscado a tientas.

A mí me parece seguro que a la Iglesia le aguardan tiempos muy difíciles, continúa exponiendo el padre Ratzinger en la radio. Su verdadera crisis apenas ha comenzado todavía. Hay que contar con fuertes sacudidas. Pero yo estoy también totalmente seguro de lo que permanecerá al final: no la Iglesia del culto político, ya exánime, sino la Iglesia de la fe. Ciertamente ya no será nunca más la fuerza dominante en la sociedad en la medida en que lo era hasta hace poco tiempo. Pero florecerá de nuevo y se hará visible a los seres humanos como la patria que les da vida y esperanza más allá de la muerte.

La Iglesia católica sobrevivirá a pesar de los hombres y las mujeres, no necesariamente gracias a ellos. Y, aun así, todavía nos queda trabajo por hacer. Debemos rezar y cultivar el autosacrificio, la generosidad, la lealtad, la devoción sacramental y una vida centrada en Cristo.

[En 2007, se publicó Fe y futuro, [enlace de descarga]. En éste libro queda recogido al completo este discurso del padre Joseph Ratzinger]