Comentario evangelio 30.09.2021

Comentario evangelio 30.09.2021

Evangelio San Lucas 10, 1-12

¡Querida Familia!

El Evangelio de hoy, es tan hermoso que forma parte del envío misionero que el próximo domingo, realizará el Equipo de liturgia del Rosario para todos los voluntarios de Custodia en la peregrinación de Magdala.

En aquel tiempo, designó el Señor otros setenta y dos y los mandó delante de él, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir él.

Ir delante de Él a cada uno de los corazones que nos llamen a la puerta. Ir libres de todo perjuicio, sin equipajes pesados de nuestros recuerdos, salvo que estos, tengan ya el sello de haber sido redimidos en Cristo y por ello, formen parte de nuestra sabiduría.

Cómo corderos en medio de lobos. Si. Pacientes, mansos y humildes como lo es El, sea cual sea la actitud del otro.

Regalando la Paz que recibimos cada día de la Palabra y recogiendo esa paz, cuando las personas son tóxicas y no quieren escuchar sino aprovecharse de la bondad.

Estos días estamos recibiendo mucha formación de Magdala en el acompañamiento. A la vez, desde Custodia Cordis también estamos apoyándonos en estas actitudes de la escucha.

Hoy cómo comentario del Evangelio, os envío un Audio de Sor María Dolores, nuestra Hermana Benedictina, en el que nos regala su experiencia de la escucha, desde lo profundo del corazón místico de nuestro ser.

Os lo envío a todos porque queremos compartir con cada uno de vosotros, este voluntariado que nace del Corazón de Custodia Cordis.

Enlace del audio de Sor María Dolores (Hermana Benedictina) [pulsad encima de este texto y se os abrirá la grabación].

Os envío también, la Lectio Divina de hoy sobre el Evangelio y la Primera Lectura, que nos va abriendo el alma a este apostolado de la escucha.

El relato de Lucas sobre el envío de setenta y dos discípulos a los pueblos de Galilea por parte de Jesús acentúa fuertemente el hecho de que aquel que los envía a llevar el anuncio del Reino es enviado a su vez por el Padre: ¡En marcha! Mirad que os envío… (v. 3). Dada su calidad de mensajeros, no deberán atraer la atención sobre ellos mismos, sino más bien llevar los corazones de aquellos a quienes se dirijan a abrirse a recibir a aquel que viene. El discípulo experimentará en esta aventura su propia fragilidad y se encontrará asimismo en situaciones de peligro, como corderos en medio de lobos (cf. v. 3). Deberá precaverse, por tanto, contra la tentación de dar un testimonio agresivo; ser como cordero en medio de lobos comporta más bien un estilo de acción dotado de paciencia, de mansedumbre, capaz de aceptar el rechazo y la persecución.

Otra tentación que deberán superar los enviados es la de mezclar intereses personales con los del Reino. La invitación de Jesús a no saludar a nadie por el camino, o sea, a no aprovechar el viaje para visitar a parientes y amigos, es un modo paradójico de confirmar la prioridad absoluta del Reino. Un riesgo ulterior es el de la eficiencia: los mandatos de Jesús sobre la severa limitación del equipaje del evangelizador (vestido, bolsa, etc.) son una exhortación a que sean libres, sobrios, a que no antepongan los medios al fin (v. 4). Lucas recuerda a renglón seguido que la evangelización no incluye sólo la dimensión del don, sino que suscita también el intercambio (comed lo que os pongan: v. 7). De este modo, entre el enviado y el que acoge el mensaje del Reino se crea una comunión, una reciprocidad, que figura en el origen de la vida de la comunidad. Una comunidad que tendrá sus primeros hogares en las casas de los creyentes.

El discípulo que lleva el anuncio del Reino deberá ser consciente siempre de que Dios no permanece inactivo ni está condicionado por la mala voluntad de los destinatarios del anuncio. Tanto si lo aceptan como si lo rechazan, el Reino de Dios vendrá a nosotros: Pero si entráis en un pueblo y no os reciben bien, salid a la plaza y decid: Hasta el polvo de vuestro pueblo que se nos ha pegado a los pies lo sacudimos y os lo dejamos. Sabed de todas formas que está llegando el Reino de Dios (v. 11).

MEDITATIO

La espléndida lectura de Nehemías nos ayuda a reflexionar sobre los frutos producidos en nuestra vida por una escucha religiosa de la Palabra de Dios. El primer efecto es la conversión, es decir, un deseo ferviente y decidido de cambiar de vida y hacerla más conforme con las exigencias divinas expresadas en el Libro. Esta conversión se hace evidente en el llanto que se apodera del pueblo: Todo el pueblo lloraba al oír las palabras de la ley.

La conversión suscitada por la escucha atenta de la Palabra se vuelve en nosotros caridad, atención a las necesidades del prójimo, impulso a compartir y a la fraternidad: Mandad su porción a los que no han preparado nada. La escucha de la Palabra suscita arrepentimiento y, de este modo, prepara el corazón para la alegría del encuentro salvador con el Dios misericordioso. Esta alegría procede del hecho de que en la lectura del Libro se encuentra un Dios que se hace cercano, que sacia nuestro deseo, que da cabal cumplimiento a nuestra búsqueda más profunda, porque en este encuentro Dios se deja encontrar por quien le busca: Id a casa y comed manjares apetitosos, bebed licores dulces […] ¡No os aflijáis, que el Señor se alegra al veros fuertes! (Neh 8,8-10). Esta última frase es una síntesis admirable de cuanto produce en nuestra vida la escucha atenta, afectuosa y obediente de la Sagrada Escritura: coraje, fuerza vital, alegría de vivir, generosidad en el compartir. El Señor se alegra de veros fuertes.

No se trata de que la palabra de la Escritura tenga una eficacia casi mágica; se trata más bien de una fecundidad que nos compromete con una acogida libre, consciente y laboriosa, de una fecundidad que, a veces, requiere un largo tiempo de gestación (Is 55,10ss). Ahora bien, cuando la semilla de la Palabra cae en un terreno preparado para recibirla, entonces arraiga, germina y da fruto, tanto en la vida personal como en la comunitaria, y, sobre todo, se convierte en fuerza de evangelización, en impulso para la misión, en sintonía profunda con el corazón de aquel Dios que quiere enviar muchos obreros a su mies.

ORATIO

Hoy, Señor Dios mío, te voy a rezar con las palabras que tú mismo me has dado para dirigirme a ti. Te alabo con el salmista por el don precioso e incomparable de tu Palabra:

«Tu Palabra es antorcha para mis pasos y luz para mis sendas.

Lo he jurado y lo haré: cumpliré tus justos mandamientos.

Estoy hundido en la miseria, Señor, dame vida según tu Palabra.

Acepta, Señor, mi ofrenda, enséñame tus mandamientos.

Mi vida está siempre en peligro, mas no olvido tu ley.

Aunque los malvados me tiendan una trampa, no me apartaré de tus decretos.

Tus preceptos son por siempre mi herencia y la alegría de mi corazón.

Inclino mi corazón a ejecutar tus normas, mi recompensa será eterna.

Amén».

CONTEMPLATIO

La Palabra de Dios es, al mismo tiempo, lámpara y luz (cf Sal 118,105; Prov 6,23). Ilumina los pensamientos según la naturaleza de los creyentes y quema aquellos que son contra natura; disuelve las tinieblas de la vida según la percepción sensible para los que, por medio de los mandamientos, tienden a la vida que esperan, y castiga con el fuego del juicio a los que se adhieren con la voluntad, por afecto a la carne, a la noche tenebrosa de la vida […].

Las palabras de Dios, si son expresadas sólo con palabras, es decir, si no tienen como voz la práctica de quienes las pronuncian, no son oídas. Sin embargo, si son pronunciadas unidas a la práctica de los mandamientos, entonces esta voz tiene el poder de hacer desvanecerse a los demonios y de disponer a los hombres a edificar el templo divino del corazón con el progreso en las obras de la justicia (Máximo el Confesor, Segunda centuria 39.91, en La filocalia, Turín 1983, II, 197.209 [edición española: La filocalia en la oración de Jesús, Sígueme, Salamanca 1994]).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: Haz, Señor, que prestemos atención a tu Palabra (cf. Neh 8,3).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Están los que escuchan la Palabra de Dios, se dejan sacudir un momento, mientras la oyen, y dicen: ¡Qué belleza! Deberíamos seguir más esta Palabra. Pero después todo pasa, como pasan tantas emociones. Cuántas veces, al salir de un hospital, decimos: ¡Deberíamos venir con más frecuencia! Después, al doblar la primera esquina, ya te has convertido en otro. Dejas de acrisolarte con los pensamientos del sufrimiento. Si se tratara de embrollar, estás dispuesto a ello de inmediato. Cuando escuchas la Palabra de Dios te dejas captar: Mira, el Señor tiene verdaderamente razón. Pero en cuanto pones fuera los pies, basta que un amigo, un compañero, alguien, te haga una propuesta de negocios poco honesta y te aboques de inmediato […].

Que la Palabra de Dios pueda crecer en vosotros y dar fruto hasta tal punto que la gente que se encuentre a vuestro lado se sienta consolada. ¡Escuchemos la Palabra del Señor! ¡Escuchémosla! Es una Palabra que nos provoca. Y no se alinea con la lógica humana. ¡Recordadlo siempre! Hay quien nos toma por locos cuando pronunciamos en su integridad la Palabra de Dios, porque se muestra imposible de encuadrar en los sistemas. Es siempre diferente, es provocadora, no avala las lógicas humanas, no es una confirmación de nuestros esquemas mentales, casi siempre de posesión, de acaparamiento, de interés, de cálculo. La Palabra de Dios es él. Llevemos en nuestro corazón al Señor Jesús. Él nos otorga un enorme consuelo, una gran confortación, un gran valor, una enorme esperanza, un montón de deseos de vivir, de volver a empezar desde el principio con una gran energía, con una gran esperanza. Que el Señor entre en nuestro espíritu (A. Bello, Senza misura, Mofetta 1993, pp. 52-54).

¡Un abrazo fuerte a todos!

Custodia Cordis❤️