Comentario evangelio 28.07.2021

Comentario evangelio 28.07.2021

Evangelio San Mateo 13, 44-46

¡Queridos Amigos!

Jesús nos continúa explicando lo que es el Reino de Dios. Es tan inmensa e infinita la idea, que lo hace por medio de parábolas para que muestra imaginación se ponga en marcha y pueda comparar lo que podría en un ámbito Humano, el anhelo por dejarlo todo para entrar en la realidad de lo que será nuestra eternidad.

Los laicos, no estamos llamados a esa radicalidad evangélica de dejarlo todo e irnos de nuestras vidas o familias para seguir a Jesús.

Sin embargo, nuestra misión es muy difícil. Seguir en nuestra cotidianidad con una sonrisa y la mente abierta a trascender y dignificar nuestro día a día en ese precioso anonimato donde solo Dios nos observa, es una santificación que cada día adquiere más atractivo.

Los dos personajes del Evangelio de hoy, tienen claro que lo dejan todo, por ese tesoro escondido. Por esa perla súper valiosa.

Y nosotros, llevamos ese tesoro y esa perla en nuestro corazón. Hemos de descubrir el valor que queremos dar a nuestra vida. Porque si no somos conscientes de la trascendencia del Reino de Dios, continuaremos una cotidianeidad apática y superficial, cansándonos de controlarlo todo y de poner alegría cuando se hace todo cuesta arriba. Nos olvidamos así, de la Gracia del Espíritu Santo en nuestras vidas y de esa energía real que puede convertir en transformación cualquier acto o conducta de nuestra vida invadida por la desidia o desesperanza.

El Reino de Dios es horizonte y razón de vida. Es una verdadera misión y encuentro entre nuestras limitaciones y vulnerabilidad y la fuerza transformadora de ese Reino por el que vale la pena, levantarse cada día.

Os envío la Lectio Divina de Hoy para los que estáis de vacaciones y tengáis tiempo, podáis leer con la mirada del corazón e interiorizar la belleza de este Evangelio:

Las dos parábolas gemelas -la del tesoro y la de la perla- ponen de manifiesto el valor absoluto del Reino de Dios anunciado por Jesús, por el que vale la pena vender cualquier otra cosa. En la primera se habla de un campesino que, al encontrar un tesoro y querer hacerlo suyo, compra con alegría el campo, aun a costa de vender todo lo que tiene. Sabe muy bien, en electo, que, según la ley judía, quien compra un terreno se vuelve dueño del suelo y del subsuelo. La segunda parábola tiene como protagonista a un mercader de perlas, que, al encontrar una de gran belleza y rara, vende todo lo que tiene y la compra, porque sabe muy bien que no hay nada de más valor que esa perla.

La enseñanza de Jesús es iluminadora y fundamental: el Reino de Dios y todo lo que éste comporta exige una entrega completa e incondicionada a su causa. Este Reino, en efecto, no es algo, sino alguien; es haber encontrado a la persona de Jesús. Por eso hay que optar por él con la prontitud y la alegría del que ha comprendido el valor del Reino de Dios. Y la alegría es tan profunda y tan sentida que hace posible vender cualquier otro bien, con tal de alcanzar el fin deseado, esto es, la posesión de tal tesoro y de tal perla, frente a los cuales cualquier otra cosa pierde valor y no resulta excesivo ningún esfuerzo.

Más allá de esta finalidad, las parábolas nos presentan la exigencia de radicalismo en la opción por el Reino de Dios. Es preciso eliminar cualquier otro compromiso, si queremos alcanzar el amor como don de un Dios que nos ama en la comunión con él. Al hombre le compete la correspondencia y la disponibilidad frente a la iniciativa de Dios Padre.

MEDITATIO

En la parábola del hombre que encuentra el tesoro en el campo, parece que Jesús se describe a sí mismo. Él fue, verdaderamente, el hombre que descubrió algo que le llevó a «vender todo lo que tenía» para adquirirlo.

De la lectura de los evangelios se desprende, en efecto, la figura de un Jesús profundamente recogido y unificado en torno a un centro de atracción, que ha entregado todo lo que es, todas sus energías y capacidades a algo que le ha fascinado. Jesús, para decirlo con una comparación, no aparece como un «hombre-veleta», en constante cambio, sino como un «hombre-roca», anclado tenazmente en un punto estable e inamovible que da sentido a su vida.

Este centro de atracción, este punto firme e inamovible fue lo que él, con el lenguaje propio de su tiempo, llamó «Reino de Dios». Dice, en efecto, el evangelio de Marcos al introducir el comienzo de su actividad: «Después que Juan fue arrestado, marchó Jesús a Galilea, proclamando la Buena Noticia de Dios. Decía: “Se ha cumplido el plazo y está llegando el Reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio”» (Me 1,14ss).

Jesús vivió con pasión esta «Buena Noticia» y anunció este «tesoro» que encontró en el campo. A ella dedicó, con entusiasmo y generosidad incomparable, todo lo que era y todo lo que tenía, hasta su propia vida, cuando llegó el momento de la entrega de sí mismo. Quería que Dios, ese Dios al que invocaba tiernamente como «Abbá» (Me 14,36), a pesar de todos los usos contrarios de su pueblo, pudiera establecer su soberanía benévola sobre todos y cada uno, pudiera ser verdaderamente rey en este mundo. Así habría desaparecido de él todo lo que no permitía a sus hermanos y hermanas ser verdaderamente felices. Anhelaba, en definitiva, que todos «tuvieran vida, y la tuvieran en abundancia» (Jn 10,10).

El suyo no era un anhelo puramente sentimental e ineficaz, sino que se traducía en una actividad incontenible encaminada a la realización de aquello que anhelaba. Podemos imaginar que, como se dice de Moisés en la primera lectura, también el rostro de Jesús estuviera radiante, precisamente porque en él se transparentaba aquella alegría irrefrenable que le había llevado a «vender todo lo que tenía» para «comprar aquel campo» en el que se encontraba su «tesoro».

ORATIO

¡Cómo quisiéramos ser como tú, Jesús! ¡Cómo quisiéramos que toda nuestra vida estuviera recogida y concentrada en torno a ese centro que unificaba toda tu vida! Por desgracia, nosotros nos dejamos seducir por muchas otras cosas que nos atraen. Estamos constantemente sacudidos de aquí para allá como por las olas del mar. Nuestro corazón está con frecuencia en otra parte, no allí donde se encuentra el tesoro que tú habías encontrado. No buscamos siempre el Reino de Dios, no amamos de una manera suficiente la «vida abundante» para todos.

Ayúdanos tú, Señor. Si, como hiciste un día con tus discípulos, nos miras a los ojos y nos dices: «Sígueme», nos quedaremos fascinados por tu voz y por tu propuesta y te seguiremos. Si nos lo dices una vez más, con vigor, seremos capaces de seguirte todavía y siempre. Y también nuestro rostro estará radiante de alegría e iremos detrás de ti con valor, confiando sólo en tu Palabra de vida, y nos dejaremos quemar en nuestro interior por el fuego de tu Espíritu y de tu amor.

CONTEMPLATIO

Realmente puedo alegrarme, y nadie podrá arrebatarme este gozo. Tengo ya lo que anhelé tener bajo el cielo: veo cómo tú, sostenida por una admirable prerrogativa de la sabiduría de la boca del mismo Dios, superas triunfalmente, de modo pasmoso e impensable, las astucias del artero enemigo, y la soberbia que arruina la naturaleza humana, y la vanidad que infatúa los corazones de los hombres; y cómo has hallado el tesoro incomparable, escondido en el campo del mundo y de los corazones de los hombres (Mt 13,44), con el cual se compra nada menos que a Aquel por quien fueron hechas todas las cosas de la nada; y cómo lo abrazas con la humildad, con la virtud de la fe, con los brazos de la pobreza. Lo diré con palabras del mismo apóstol: te considero cooperadora del mismo Dios y sostenedora de los miembros vacilantes de su Cuerpo inefable (1 Cor 3,9; Rom 16,3). Dime: ¿quién no se alegraría de gozos tan envidiables? Pues alégrate también tú siempre en el Señor (Flp 4,1.4), carísima, y no te dejes envolver por ninguna tiniebla ni amargura, oh señora amadísima en Cristo, alegría de los ángeles y corona de las hermanas.

Fija tu mente en el espejo de la eternidad, fija tu alma en el esplendor de la gloria (Heb 1,3), fija tu corazón en la figura de la divina sustancia (2 Cor 3,18), y transfórmate toda entera, por la contemplación, en imagen de su divinidad. Así experimentarás también tú lo que experimentan los amigos al saborear la dulzura escondida que el mismo Dios ha reservado desde el principio para sus amadores. Deja de lado absolutamente todo lo que en este mundo engañoso e inestable tiene atrapados a sus ciegos amadores, y ama totalmente a quien totalmente se entregó por tu amor (Clara de Asís, «Tercera carta a santa Inés de Praga», VII, 12-14, en Fuentes franciscanas, edición electrónica).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Vosotros que habéis dejado todo por el Evangelio, recibiréis cien veces más y heredaréis la vida eterna» (cf. Mt 19,27.29).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Lo que mina y envenena en general nuestra felicidad es sentir tan cerca el fondo y el fin de todo lo que nos atrae: el sufrimiento de las separaciones y del deterioro, la angustia del tiempo que discurre, el terror frente a la fragilidad de los bienes poseídos, la decepción producida por alcanzar tan pronto el final de lo que somos y de lo que amamos…

Para quien ha descubierto, en un Ideal o en una Causa, el secreto de colaborar e identificarse, de cerca o de lejos, con el Universo en progreso, todas las sombras desaparecen. La alegría de adorar, refluyendo, para dilatarlas y consolidarlas, en absoluto para disminuirlas o destruirlas, sobre la alegría de ser y la de amar (Curie, Termier, han sido admirables amigos, padres y esposos), comporta y aporta, en su plenitud, una maravillosa paz. El objeto que la alimenta es inagotable, puesto que se confunde, poco a poco, con la misma consumación del mundo a nuestro alrededor. Por eso escapa a toda amenaza de muerte y de corrupción. Por último, en cierto modo, está continuamente a nuestro alcance, puesto que el mejor modo que tenemos de alcanzarlo es, simplemente, nacer lo mejor posible, cada uno en nuestro sitio, lo que podamos hacer.

La alegría del elemento convertido en consciente de la Totalidad a la que sirve y en la que se realiza, la alegría alcanzada por el átomo reflexivo en el sentimiento de su función y de su consumación en el seno del universo que lo contiene: ésa es, en la teoría y en la práctica, la forma más elevada y más progresiva de felicidad que me es posible proponeros y desearos. A nuestro alrededor, la mística de la búsqueda, las místicas sociales, se precipitan con una fe admirable a la conquista del porvenir. Ahora bien, ningún vértice preciso ni, lo que es aún más grave, ningún objeto amable se presenta a su adoración. Y he aquí la razón de que, en el fondo, la alegría y las entregas que suscitan sean duras, secas, frías, tristes, o sea, preocupantes para quien las observa y, en último extremo, no del todo beatificantes para quienes las siguen.

Sin embargo, junto a y, hasta hoy, en los márgenes de tales místicas humanas, la mística cristiana no cesa nunca, desde hace dos milenios, de impulsar cada vez más lejos (sin que muchos lo sospechen) sus perspectivas de un Dios personal, no sólo creador, sino también animador y totalizador de un Universo que él vuelve a llevar a sí mismo a través del concurso de todas las fuerzas que reagrupamos bajo el nombre de Evolución. Con el esfuerzo persistente del pensamiento cristiano, la enormidad angustiosa del mundo va convergiendo poco a poco hacia lo alto, hasta transfigurarse en un foco de energía amante… (P. Teilhard de Chardin, Sulla felicita, Brescia 1990, pp 37ss y 44ss [edición española: Sobre el amor y la felicidad, Promoción Popular Cristiana, Madrid 1997]).

¡Un abrazo fuerte para todos!

Custodia Cordis❤️