Comentario evangelio 24.07.2022

Comentario evangelio 24.07.2022

Evangelio San Lucas 11, 1-13

¡Queridos Amigos!

El Evangelio de hoy es precioso. Nos invita a mirar al cielo y a todo lo que nos rodea y sabernos Hijos de un Padre a Quién importamos muchísimo. Un Padre que no nos quita la mirada ni un segundo y que Desea darnos aquello que nos hace realmente FELICES.

Es un Evangelio tan significativo en nuestro recorrido interior, que os envío la Lectio Divina de hoy, pues vale mucho la pena, que os busquéis un espacio dentro de este domingo, para leerlo, meditarlo y rezarlo con el Corazón.

Lectio Divina de Santa Clara:

Jesús enseña a orar con el ejemplo {“estaba Jesús orando en cierto lugar…”: v. 1) y con la palabra (“Cuando oréis, decid”: v. 2). Nos introduce en el secreto de su relación filial con el Padre, revelándonos las grandes palabras sobre las que hemos de mantenernos en coloquio con él. En primer lugar, también nosotros podemos llamarle “Padre”: por consiguiente, somos realmente sus hijos y podemos “acercarnos al trono de la gracia con plena confianza” (Heb 4,16), con una confianza aún más grande que la que tenemos en el padre que nos ha dado la vida natural (“… cuánto más el Padre celestial…”: v. 13).

Santificar el “nombre” del Padre significa que Dios sea conocido y reconocido por lo que ha sido revelado. Pedir que venga el “reino” del Padre significa pedir que la humanidad sea gobernada por su gracia y por su Palabra, que difunde verdad, justicia, amor y paz. “Pan” es todo aquello que necesita el hombre para la vida del cuerpo y del espíritu. “Perdón”: lo invocamos de Dios y nos comprometemos a darlo a los demás. “Ayuda en la tentación”: forma parte de la vida espiritual; el mismo Jesús pasó por esta experiencia (Lc 4, lss), y por eso “está en condiciones de acudir en nuestra ayuda” (Heb 2,18; 4,15; 12,4-7).

Las dos breves parábolas presentan un mensaje común, un mensaje que se encuentra en el centro (v. 9): Jesús asegura que toda oración será escuchada, con tal de que por nuestra parte esté llena de confianza, como cuando nos dirigimos a nuestro padre (w. 11-13), y no adolezca -si hubiera necesidad- de insistencia (v. 8). “No molestes”, responde el amigo (v. 7), pero después, ante la insistencia, cede: “… para que no venga a molestarme continuamente” (18,5), estalla el juez al hacer justicia a la viuda. Pero el Padre celestial, que sabe de qué tenemos necesidad, no nos da solamente “cosas buenas”, sino también el don por excelencia, el Espíritu Santo, y además “pronto”, siempre que se lo pidamos con fe (11,13; 18,8).

MEDITATIO

Hagamos nuestro el mensaje principal de la primera lectura y del evangelio. Se trata de una invitación a la oración, animada por una confianza filial en el Padre, que “es más grande que nuestro corazón” (1 Jn 3,20) y mucho más bueno que cualquier padre de esta tierra (Lc 11,13). El punto de partida de esta oración es la condición desesperada de Sodoma o una situación de necesidad: “No tengo nada” (Lc 11,6).

A partir de aquí podemos seguir dos caminos: o abandonar todo a su destino o mostrar que creemos en la amistad de Alguien que puede ayudarnos y atrevernos a pedirle esa ayuda. El amigo va a molestar a su amigo a media noche, y Abrahán se dirige a Dios con audacia: “Me he atrevido a hablar a mi Señor”. Ambos interceden con insistencia y obtienen lo que han pedido, demostrando la verdad de este dicho: “Mucho puede la oración insistente del justo” (Sant 5,16). Cuando vemos a nuestro alrededor situaciones difíciles, ¿reaccionamos con resignación -”la puerta está cerrada” (Lc 11,7)- o con la esperanza audaz y paciente de quien cree en el amor del Padre?

ORATIO

La escuela de oración de los Padres de la Iglesia consistía en la explicación de la oratio dominica, o sea, del “Padre nuestro” enseñado por el Señor. Las dos primeras peticiones están relacionadas con el nombre y el reino del Padre; las otras son invocaciones en favor nuestro, y todas ellas están basadas, precisamente, en la fe y en el amor al Padre. Probemos a recitarlas una a una, lentamente, invocando al Espíritu Santo, para que nos introduzca en su verdad profunda.

Las peticiones confiadas de los hijos están ilustradas por la segunda parábola del evangelio. La primera parábola y la primera lectura nos enseñan, en cambio, la oración de petición por los otros, la intercesión, con el espíritu que vemos en el Sal 122,8: “Por mis hermanos y compañeros voy a decir: ¡¡La paz contigo!”. O como, adoptando un horizonte universal, decía Pablo a horizonte universal, decía Pablo a Timoteo (1 Tim 2,1): “Te recomiendo ante todo que se hagan peticiones, oraciones, súplicas, acciones de gracias por todos los hombres”. En las lecturas de hoy faltan la acción de gracias y la alabanza; está desarrollada, en cambio, la súplica, y precisamente en favor de otros. Es la oración como acto de amor. Probemos a pedir “pan”, “cosas buenas” -más aún, el don mismo del Espíritu Santo- para nuestros familiares, amigos y… enemigos, y para quienes se hayan encomendado a nuestras oraciones.

CONTEMPLATIO

El Padre nuestro y la oración de intercesión, sobre las que hemos meditado, nos invitan a dirigir la mente y el corazón a Dios y a los hombres y mujeres amigos suyos y nuestros. El amigo que va a casa de un amigo a interceder a media noche en favor de otro amigo representa “una gran nube” de intercesores (Heb 12,1): entre éstos sobresalen Abrahán (Gn 18), Moisés y Samuel (Ex 32,11-13; Jr 15,1), Jeremías (2 Mac 15,14) y, sobre todo, Jesús, que “está siempre vivo para interceder en favor nuestro” (Heb 7,25).

La oración de intercesión es un excelente modo de hacerse prójimo. El buen samaritano, para salvar la situación del pobrecillo “medio muerto”, no sólo “se ocupó de él” en primera persona, sino que recurrió también al mesonero, diciéndole: “Cuida de él” (Lc 10,33-35). Los santos, al ejercer esta caridad, “no cesan de interceder por nosotros ante el Padre” (LG 49). La santísima Virgen, en particular, continúa en el cielo la función que ejerció en Cana, donde “movida a compasión obtuvo con su intercesión” que su Hijo viniera en ayuda de los esposos: “No les queda vino” (Jn 2,3; cf. LG 58). El fundamento de la intercesión es la amistad con Dios, considerado como Alguien que está siempre dispuesto a escucharnos: el Padre que, además de las “cosas buenas”, nos quiere ofrecer el don por excelencia del Espíritu Santo, el amigo que no despide con las manos vacías al amigo importuno, “el juez, de toda la tierra” que remite los pecados sin poner límites a la misericordia.

¡Un abrazo fuerte para todos!

Custodia Cordis❤️