Comentario evangelio 14.02.2021

Comentario evangelio 14.02.2021

Evangelio San Marcos 1,40-45

¡Queridos Amigos!

Al ser hoy domingo, os enviamos los textos de la LECTIO DIVINA de SANTA CLARA, que son preciosos y nos invitan a contemplar y rezar el Evangelio de hoy:

El evangelista narra el relato de la curación del leproso por Jesús siguiendo un esquema sencillo: presentación del caso (v. 40); gesto de Jesús, que obra la curación (v. 41); constatación de que el milagro implorado por el enfermo se ha llevado a cabo (v. 42). La catequesis del texto resulta bastante sencilla: la curación del mal va ligada siempre a la fe de la persona del enfermo. Éste debe tomar conciencia primero de su propia situación de impotencia y, en consecuencia, debe confiarse al poder del Señor. Todo es siempre don de Dios; la propia salvación, aunque requiere la colaboración humana, es obra de Dios, que actúa en virtud de la fe del hombre.

          El hecho de que se trate, además, de la curación de un leproso reviste un significado particular: la curación de la lepra era uno de los grandes signos esperados para los tiempos mesiánicos (cf. Mt 11,5). Había llegado el tiempo de la venida del Mesías, en el que el hombre debía ser restituido por completo en su dignidad humana, en su integridad de cuerpo y de espíritu. Ahora bien, Jesús, con el generoso gesto con el que toca y cura al enfermo, quiere enseñar asimismo que el leproso no es un maldito o alguien castigado por Dios, sino una criatura amada por su Señor. Y es que la verdadera lepra o impureza no es la física, sino la del corazón. Jesús no hace acepción de personas. Llama a todos indistintamente a su amor misericordioso, porque todos los hombres son hijos de Dios y dignos de salvación y de amor.

 

MEDITATIO

Cristo se nos presenta en la curación del leproso como alguien que «rompe» y abate con autoridad todas las barreras que suponen un obstáculo para una encarnación de amor más completa y total. El término griego que emplea el evangelista invita a la meditación. Expresa una ternura, una compasión, una sensibilidad «materna» y «de mujeres»: la que siente la madre por su hijo. Las vibraciones del corazón de Cristo respecto a los dolores y las tribulaciones que afligen al hombre son «sentidas» hasta tal punto que se parecen más a las de la Mujer, que se hace víctima-esclava, sierva del Hijo que sufre. Ninguna madre ha sufrido y se ha dejado implicar por el sufrimiento humano más profundamente que Jesús.

Nos viene a la mente el célebre capítulo 53 de Isaías, donde describe el profeta -en una de sus páginas más sugestivas- al «abrumado de dolores y familiarizado con el sufrimiento», que verdaderamente «llevaba nuestros dolores, soportaba nuestros sufrimientos» y nuestras angustias. DE ESTE MODO, EL DOLOR, «TOCADO» POR CRISTO, SE VUELVE -POR ASÍ DECIRLO- UN HECHO «SACRAMENTAL» Y UN ACONTECIMIENTO DE GRACIA: útil y santificador no sólo para quien sufre, sino también para todo el cuerpo de la comunidad eclesial. Se convierte en acontecimiento de salvación y de resurrección «personal-colectivo»: el «toque» de Cristo lo ha cargado de energía divina.

 

ORATIO

Cristo, tú has santificado el dolor humano con tu vida y con tu Palabra. Tú, cansado por el caminar y abatido por la fatiga, te sentaste para reposar en el borde del pozo de Sicar. Tú has dicho: «Si el grano de trigo, confiado a la tierra, no muere, se queda solo…». Has dicho: «Lloraréis y sentiréis tribulaciones; el mundo, en cambio, se divertirá». Has dicho también: «Si alguien quiere venir detrás de mí, que deje de pensar sólo en sí mismo, coja a diario su cruz en santa paz y me siga». Por medio de tus apóstoles nos has repetido: para ser menos indignos de entrar en el Reino de la vida, es menester pasar por muchas tribulaciones. Jesús, tus seguidores han confirmado este camino como el «camino real» para entrar en la eternidad, donde volveremos a encontrar las tribulaciones de la vida presente transformadas en gloria, y nos has asegurado: «Tened ánimo, nadie os podrá arrebatar esta gloria eterna». Lo creemos, Jesús. Pero ayúdanos a seguir adelante en las muchas tribulaciones y cansancios cotidianos.

Ayúdanos, por lo menos, a ser capaces de soportar la pesadez, el «martirio blanco» de la vida cotidiana. Ayúdanos a ser capaces de soportar la vida, con sus derrotas y decepciones, con sus angustias y problemas. Creemos, Señor, pero aumenta la fe en nosotros, para que, creyendo cada vez más, esperemos también cada vez más y, esperando cada vez más, amemos también más.

¡Que así sea!

 

CONTEMPLATIO

¿Por qué, pues, temes tomar la cruz por la cual se va al Reino? EN LA CRUZ ESTÁ LA SALUD; en la cruz, la vida. En la cruz está la defensa contra los enemigos, en la cruz está la infusión de la suavidad soberana, en la cruz está la fortaleza del corazón, en la cruz está el gozo del espíritu, en la cruz está la suma virtud, en la cruz está la perfección de la santidad.

        No está la salud del alma ni la esperanza de la vida eterna sino en la cruz. Toma, pues, tu cruz y sigue a Jesús, e irás a la vida eterna. Él fue delante «llevando su cruz» (Jn 19,7) y murió en la cruz por ti, para que tú también lleves tu cruz y desees morir en ella. Porque si murieres juntamente con Él, vivirás con Él. Y si le fueres compañero de la pena, lo serás también de la gloria.

        Mira que todo consiste en la cruz y todo está en morir en ella. Y no hay otro camino para la vida, y para la verdadera entrañable paz, sino el de la santa cruz y continua mortificación. Ve donde quisieres, busca lo que quisieres y no hallarás más alto camino en lo alto, ni más seguro en lo bajo, sino la vía de la santa cruz. Dispón y ordena todas las cosas según tu querer y parecer, y no hallarás, sino que has de padecer algo, o de grado o por fuerza, y así siempre hallarás la cruz. Pues o sentirás dolor en el cuerpo o padecerás la tribulación en el espíritu. A veces te dejará Dios, a veces te perseguirá el prójimo y, lo que peor es, muchas veces te descontentarás de ti mismo y no serás aliviado ni refrigerado con ningún remedio ni consuelo, más conviene que sufras hasta cuando Dios quisiere.

        Porque quiere Dios que aprendas a sufrir la tribulación sin consuelo y que te sujetes del todo a Él y te hagas más humilde con la tribulación. Ninguno siente así de corazón la pasión de Cristo como aquel a quien acaece sufrir cosas semejantes. Así que la cruz siempre está preparada y te espera en cualquier lugar; no puedes huir dondequiera que fueres, porque dondequiera que vayas llevas a ti contigo y siempre te hallarás a ti mismo. Vuélvete arriba, vuélvete abajo, vuélvete fuera, vuélvete dentro, y en todo esto hallarás cruz. Y es necesario que en todo lugar tengas paciencia, si quieres tener paz interior y merecer perpetua corona. Si de buena voluntad llevas la cruz, ella te llevará y guiará al fin deseado, a donde será el fin del padecer, aunque aquí no lo sea (La imitación de Cristo, II, 12).

 

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Señor, si quieres, puedes limpiarme» (Mc 1,40b).