Comentario evangelio 11.10.2021

Comentario evangelio 11.10.2021

Evangelio San Lucas 11, 29-32

¡Querido grupo!

El Evangelio de hoy es muy teológico y he pensado en enviaros unas explicaciones exegéticas sobre el mismo para que vayamos, cómo lo estamos haciendo juntos, aprendiendo lo que encierran esas Palabras difíciles y cómo tales, que vamos dejando pasar.

Buscad un ratito para esta meditación y así vamos entendido conceptos que salen en los textos bíblicos y se enlazan unos con otros.

La señal que buscamos en nuestra vida, es realmente ese Jesús resucitado que sigue vivo entre nosotros y por estar aquí, conmigo, contigo, justo mientras leemos este texto, nos quiere cómo puede querer un corazón de carne, que late realmente junto a nuestro corazón y que cuando estamos muy angustiados, nos coge en su regazo y nos abraza para que nuestro ritmo cardíaco, sea del tenor de su ritmo y regresemos a la paz interior.

Durante su vida pública, Jesús se encontró muchas veces frente a pretensiones a las que, honestamente, no podía responder. En semejantes circunstancias, su discurso asume tonalidades polémicas, que centran su pensamiento. En este caso específico, la pretensión recae en la petición de un signo milagroso, un signo que Jesús interpreta de inmediato como objeto de mera curiosidad y búsqueda de espectáculo. Sin embargo, él no ha venido a satisfacer estas demandas, y no está dispuesto ni mucho menos a dejarse desviar del significado primero de su misión. De ahí que su respuesta no se haga esperar. En ella dice Jesús de modo claro qué señal está dispuesto a dar. Se trata de la que él mismo llama señal de Jonás (cf. v. 29).

Vale la pena referir la diferencia que existe entre Mateo y Lucas a este respecto. Mientras Mateo insiste sólo en un hecho de la vida del profeta (Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del cetáceo) para poder presentar la resurrección de Jesús como la señal esperada aquí, Lucas considera, en cambio, toda la vida de Jonás como un único gran signo, dando un relieve particular a la predicación del profeta. A Jonás se le presenta, en relación con Cristo, como una figura, como una profecía del mismo Jesús. Por consiguiente, es Cristo, con el carácter extraordinario de su misión, con la transparencia de sus palabras, con el radicalismo de sus pretensiones, con el poder de sus milagros, quien constituye la señal primera, unitaria e insustituible, capaz de atraer la atención de sus contemporáneos, al menos de los que no levantan barreras psicológicas o ideológicas insuperables.

El doble ejemplo de la reina del sur (v. 31) y de los habitantes de Nínive (v. 32) sirve a Lucas para poner claramente de manifiesto que, frente a Jesús, profeta de los últimos tiempos, se perfilan dos posibles reacciones: no sólo la negativa de la «generación malvada», sino también la positiva de los extranjeros.

MEDITATIO

Desde que, en el camino de Damasco, Pablo encontró a Cristo, no puede pensar en sí mismo sin ponerse en relación con él. Pablo es ahora «siervo» de Cristo Jesús, su «apóstol», enviado a anunciar el Evangelio. En la apremiante presentación que hace de sí mismo a los romanos aparece un orgullo porfiado en su misión. Parece percibirse en sus palabras un estremecimiento de impaciencia; Pablo quisiera correr por todos los caminos para llevar a todos a la obediencia de la fe, a reconocer en Jesús al Cristo, al enviado del Padre para nuestra salvación.

El fragmento evangélico de Lucas habla de otro enviado: Jonás, el profeta menor que, a la inversa, no quiso saber nada de su encargo de predicar a los ninivitas y que ni siquiera se dio cuenta de que era tan importante para el Señor como para que le siguiera de un extremo al otro del mar y hasta en sus profundidades. Sin embargo, el caprichoso heraldo de la conversión de los paganos ha tenido el honor de convertirse nada menos que en la «señal» por excelencia ofrecida a la «generación malvada y perversa» que hay en cada uno de nosotros, o sea, la señal del Crucificado-Resucitado, que bajó -por solidaridad con nosotros, pecadores- a las profundidades de los infiernos. Allí permaneció Jesús para demostrar hasta qué punto nos ama: ahora ya no hay «lugar» exento de su presencia amorosa, no hay soledad que no esté habitada por su proximidad. Abrirnos a este don es fuente de bienaventuranza y nos hace por eso mismo gozosamente misioneros para los hermanos.

 A quien verdaderamente ha encontrado a Cristo le resulta impensable no arder en deseos de llevar a todos el alegre anuncio. Sin embargo, qué fácil resulta dar por descontada la novedad de la vida cristiana, encerrarla en nuestros prejuicios, que nos hacen, como a Jonás, jueces de Dios y de sus designios. El Señor Jesús, misericordia del Padre, planta en nuestro corazón la señal grande de la cruz para que, vencidos por su amor, también nosotros lleguemos a ser testigos alegres en medio de los hermanos.

ORATIO

Eran tiempos difíciles, marcados por dudas y angustias, y muchas voces se disputaban mi corazón. Contaba mis talentos y mis infinitas posibilidades. La vida me había dado mucho y me prometía mucho. ¡Pides demasiado, Señor!

Sin embargo, desde hacía tiempo, una voz inconfundible robaba espacios a mi vida, una voz delicada, pero imposible de detener, repetía claramente su llamada: «Te he llamado por tu nombre». ¡Mira hacia otra parte, Señor!

Te he pensado como único, te he querido irrepetible, te he amado desde siempre, te he enriquecido con dones específicos e indispensables para la misión que te quiero confiar. ¡Todavía no, Señor!

Con todo, no he nacido para molestar, ni puedo pasar por este mundo sin ser notado. Debo ser y llegar a ser, como Cristo, señal para llevar a cabo la misión apremiante del Padre. ¡Aquí estoy, Señor!

CONTEMPLATIO

[…] Envió le en clemencia y mansedumbre, como un rey envió a su hijo-rey; como a Dios nos lo envió, como hombre a los hombres le envió, para salvarnos le envió; para persuadir, no para violentar, pues en Dios no se da la violencia. Le envió para llamar, no para castigar; le envió, en fin, para amar, no para juzgar. […]

[…] lo cierto es que ningún hombre vio ni conoció a Dios, sino que fue él mismo quien se manifestó. Ahora bien, se manifestó por la fe, única a quien se le concede ver a Dios. Y, en efecto, aquel Dios, que es Dueño soberano y Artífice del universo, el que creó todas las cosas y las distinguió según su orden, no sólo se mostró benigno con el hombre, sino también longánimo. A la verdad, él siempre fue tal, y lo sigue siendo y lo será, a saber: clemente y bueno y manso y veraz; es más: sólo él es bueno. Y habiendo concebido un gran e inefable designio, lo comunicó sólo con su Hijo. […] Y cuando nuestra maldad llegó a su colmo y se puso totalmente de manifiesto que la sola paga de ella que podíamos esperar era castigo y muerte, venido que fue el momento que Dios tenía predeterminado para mostrarnos en adelante su clemencia y poder (¡oh benignidad y amor excesivo de Dios!), no nos aborreció, no nos arrojó de sí, no nos guardó resentimiento alguno; antes bien, mostrársenos longánime; él mismo, por pura misericordia, cargó sobre sí nuestros pecados; él mismo entregó a su propio Hijo como rescate por nosotros; al Santo por los pecadores, al Inocente por los malvados, al Justo por los injustos, al Incorruptible por los corruptibles, al Inmortal por los mortales.

Porque ¿qué otra cosa podría cubrir nuestros pecados, sino la justicia suya? ¿En quién otro podíamos ser justificados nosotros, inicuos e impíos, sino en el solo Hijo de Dios? ¡Oh dulce trueque, oh obra insondable, oh beneficios inesperados! ¡Que la iniquidad de muchos quedara oculta en un solo Justo y la justicia de uno solo justificara a muchos inicuos! («Ad Diognetum», VIII-IX, en Padres apostólicos, ed. Daniel Ruiz Bueno, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 21967, pp. 854-856, passim).

ACTIO

Repite con frecuencia y vive hoy la Palabra: «Gracia y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor» (Rom. 1,7).

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

Pablo dice de sí mismo que es siervo de Cristo Jesús. Que el hombre se reconozca siervo de Dios (tal vez más exactamente aún, esclavo de Dios) no es algo natural. El griego no entendió así sus relaciones con la divinidad. Creía que un hombre libre no debía ser siervo de nadie, ni siquiera de Dios. «¿Cómo podría ser feliz el hombre que presta servicio a alguien?» (Platón, Gorgias, 491). Sin embargo, el hombre piadoso del Antiguo y del Nuevo Testamento declara con esa fórmula que pertenece a su Dios de una manera simple e incondicional. Ahora bien, aunque precisamente los grandes patriarcas de la antigua alianza, los amigos de Dios, como Abrahán, Moisés, Josué, David, se declaran siervos de Dios, esta declaración no es una palabra humillante, sino el título honorífico más elevado. Si bien el Nuevo Testamento, en las parábolas de Jesús, habla a menudo del hombre como siervo de Dios, no es ésta la única concepción del hombre frente a Dios que tiene el cristiano. Este último es asimismo hijo y heredero respecto a Dios. Y por estar al servicio de un Dios, el Padre, y de un Señor, Cristo, y por ello bajo su poderosa protección, sabe que es libre de todas las espantosas potencias diabólicas del mundo. Quien es siervo de Cristo es liberado por Cristo, y quien ha sido liberado por Cristo es siervo de Cristo.

Ahora bien, Pablo se considera siervo de Cristo Jesús no sólo en un sentido genérico, sino en el sentido especial de apóstol. ¿Qué era y qué es, por consiguiente, un apóstol? No es un señor, sino un siervo, que ha sido llamado y al que se le pide que venga; es enviado por otro; como tal, no ha de anunciarse a sí mismo, sino precisamente a ese otro que le envía. Ha sido elegido previamente y segregado de la comunidad. Es un solitario, un hombre que no considera como suyo propio más que la Palabra y el don de Dios. Sin embargo, dado que Dios es absolutamente diferente de cómo piensa el hombre, su mensaje también es diferente. Su palabra no puede ser probada; sólo puede ser creída (K. H. Schelkle, Meditazioni sulla lettera ai Romani, Brescia 1967, pp. 18-20).

¡Un abrazo fuerte a todos!

Custodia Cordis❤️